La muerte de las flores apolíneas
Instalación (Jacintos, óleo, resina de poliéster y madera dorada
2017

Si deseásemos darle cuerpo, una cierta literatura, para analizar y entender el germen que dio lugar a la exposición de Pablo Sandoval, La muerte de las flores apolíneas, deberíamos señalar y enfatizar como punto de partida la acción de cuidar.

El conocimiento del cuidado que su madre le enseña a través del jardín. Subir al monte, recoger flores silvestres, acercarse al mercado para comprar flores, plantarlas, verlas nacer, crecer, vivir y también morir. Se trata de momentos que articulaban la relación madre e hijo, temas que conducían las conversaciones, transmitían secretos y forjaban vínculos. No es de extrañar que Pablo Sandovalencuentre a su madre en las plantas y en las flores, una relación proyectada en estos seres vivos. La flor se convierte en un semióforo, en un símbolo que contiene lo que significa para él su relación materno filial, la flor es la unión de su madre y su niñez, es, en fin, la encarnación de sus recuerdos.

Desde una cierta obsesión por las flores como símbolo que alberga a un ser amado, Sandoval inicia su trabajo de fin de carrera con una investigación sobre el uso simbólico de las flores en Occidente. Del uso práctico hasta el ritual, las flores han estado presentes a lo largo de nuestra historia: han servido como elemento diferenciador de clases, como metáfora de lo frágil de la vida, como indicador de predisposición sexual… De este ejercicio exploratorio de toda esta simbología pasada y contemporánea ha resultado, a modo de conclusión, esta exposición que muestra en lasala La Capilla: La muerte de las flores apolíneas.

Pablo Sandoval erige alrededor del espectador una puesta en escena teatral. Una atmósfera construida a través del olor de las flores, al principio dulce y agradable, pero que, con el paso del tiempo, se convierte en un fétido olor a muerte, a campo santo venido de la podredumbre de los jacintos liliáceos. Continúa con un juego de luces y sombras, dejando perder la mancha de sangre envuelta en la penumbra consiguiendo así que esta refleje en su superficie oscura y brillante el arreglo floral situado en la hornacina y el óleo con el jacinto que ocupa el sagrario. La sangre solamente se revela gracias a la iluminación del disco dorado que descansa junto a ella, la amplitud del haz de luz permite adivinar el color de un charco de humor vital coagulándose. Todos estos artificios han sido sumidos, de una manera cuidada, en un entorno de cierto misterio a través de un lenguaje de luces que pretende emular los espacios de intriga y reserva de los templos religiosos, articulado a través de una iluminación puntual y dramática, que ayuda a sobrecoger al fiel, una luz que desvela lo deseado y mantiene el misterio en las sombras.

Analizando todos los recursos retóricos que se llegan a utilizar en el espacio no resulta descabellado situar esta instalación como una obra claramente barroca. Pablo Sandoval utiliza el mismo léxico y gramática en esta pieza que los artistas barrocos utilizaron en su momento: el juego de luces y sombras perfeccionado por Caravaggio; una presencia exacerbada de la sangre; el dorado; el bodegón,mejor dicho: las vanitas. No es extraño encontrar que, pintores como Juan de Arellano o Clara Peeters formen parte de las referencias de Sandoval por lo que no sorprenden los artificios de este estilo que articulan la pieza presentada en la sala La Capilla.

Al fin al cabo, nos encontramos ante una vanitas que desborda el marco -aunque no lo pictórico-, un bodegón al que el carácter instalativo añade a este género la tan necesitada dimensión del tiempo. Una magnitud que resulta ser totalmente necesaria para terminar de articular ese deseo: plasmar lofrágil y fugaz que es la existencia humana. Sandoval añade la vida y la muerte reales a las meras representaciones de lo efímero, transmuta la vida congelada y contenida en el óleo, como si de ámbar se tratase, en un espacio mutable. La muerte de las flores apolíneas es una pieza que evoluciona a lo largo de la exhibición, resulta obligada su continua visita con el fin de experimentarla al completo, debido al proceso de putrefacción de los jacintos vivos que comenzaron como flores cerradas, se abrieron y, posteriormente, murieron. Son elevadas la vida y muerte, la belleza y lo efímero a un lugar sagrado (la hornacina) donde contrasta con el óleo colocado en el sagrario, un jacinto pintado con fuertes reminiscencias barrocas, que pretende fijar la flor en el tiempo satisfaciendo así el humano deseo de la inmortalidad. Una lucha constante por mantener vivo el recuerdo de una vida, un recuerdo de lo insignificante que resulta la existencia cuando se le pone un final, una fecha de expiración. Lo vacío, lo diminuto. Vanitas vanitatum omnia vanitas.

Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Todo es conjunto es enfrentado a, o, mejor dicho: siendo testigo, de la gran mancha imperfecta de sangre coagulada y del disco dorado que descansa junto a ella. Desde esta apropiación de la gramática barroca que realiza Sandoval se vuelca sobre el espectadorla historia de una trágica muerte, la narrada por Ovidio en su Metamorfosis: la muerte de Jacinto. El dios Apolo, amante de este héroe, mientras jugaban al disco, y con el afán de demostrar su vigor lanzó el disco con toda su fuerza dando, por error, un fuerte golpe en la cabeza de Jacinto. Este murió por el golpe. Apolo, dolido por la accidental tragedia, no permitió que Hades reclamase a su joven amado e hizo brotar de la sangre derramada por Jacinto una flor, de color liliáceo, que florecería cada año para preservar el recuerdo de su amado.

Esta flor se convertiría en el contenedor que albergaría lo que Apolo sentía hacia Jacinto.Pablo Sandoval presenta este mito a través de una serie de signos indiciales: el disco, la sangre, las flores; conjugados en el espacio: donde el centro de la capilla neogótica lo ocupa Jacinto, o más bien, su sangre, un charco de este líquido que se muestra imperfecto en su forma. Acostado a su lado: el disco dorado, brillante y perfecto, el sol, símbolo universal de la divinidad. Apolo, ejecutor y testigo de la muerte de Jacinto, yace lamentándose a la orilla de la sangre derramada, del cuerpo sin vida de su amante. Sobre esta imagen: los jacintos aún vivos pero destinados a morir sumergidos en su eterno ciclo de muerte y renacimiento, tarea encomendaba por el recuerdo eterno que es capturado a través del óleo: la belleza congelada en un instante, inmutable al paso del tiempo,eterna. Una puesta en escena atravesada inteligentemente por los distintos usos simbólicos que se le han dado a las flores: como recuerdo de una pérdida de un ser querido, como ofrenda, como encarnación de una divinidad, y como signo que pretende sugerir una predisposición sexual.

La muerte de las flores apolíneas permite un subtexto, no oculto pero sí sugerido, que permite leer la pieza a través de unos pretextos totalmente distintos a los que se le presuponen a una instalación con inspiración barroca. Tras el mensaje que se desprende de la vanitas planteada en La Capilla, Pablo Sandoval pretende, con segundas lecturas, hablar sobre el amor entre hombres. El mito griego escogido deliberadamente por el artista no esconde ningún secreto: es una historia que narra el fin de un amante varón del dios Apolo. Aunque la verdadera lectura homosexual emana del uso histórico que se lleva realizando de toda la imaginería y mitos clásicos desde el siglo XIX, una excusa que tenía como objetivo la creación de vías seguras para generar y difundir imágenes homoeróticas. Escenas de hombres desnudos, posturas sugerentes, relatos que subvertían las prácticas sexuales canónicas, espacios para el deseo prohibido, disfrazados de dioses, héroes y reyes mitológicos. Un contrabando de imágenes que escapaban del escándalo y servían a su propósito para las miradas que sabían qué buscar.

Fotógrafos como Wilhelm von Gloeden fueron quienes proporcionaban al público general fotografías de escenas de jóvenes desnudos, de cuidadas poses, cargados de una atmósfera romántica grecolatina. Pablo Sandoval, en un ejercicio simbólico, recurre a esta práctica de dobles sentidos, no con un objetivo de ocultamiento, sino incorporando esta tradición como una parte más a tener en cuenta, de la representación de la homosexualidad masculina. Una representación del amor homosexual que se aleja de los cuerpos vigorosos e hipermusculados, la sexualidad exuberante y omnipresente, Sandoval plantea otra representación, distinta, a través de los símbolos, más dulce y menos sexual.

La Capilla

La distribución de los objetos en la sala no resulta en absoluto arbitraria, desvela un gran conocimiento por parte Pablo Sandoval del espacio y de su anterior uso litúrgico. Una capilla desacralizada situada en el corazón del edificio de La Convalecencia, actual rectorado de la Universidad de Murcia, pero que anteriormente ejercía de hospital. Trabajar con este tipo de espacios resulta de una enorme complejidad debido a la carga de significado que albergan fruto de su función primigenia, aunque esta haya sido anulada.

La pintura del jacinto ocupa el lugar del sagrario, espacio dedicado a guardar la hostia, y el arreglo floral de los jacintos se ubica en el vano reservado para la imagen venerada. Pero no solo demuestra un estudio minucioso de la sala y del significado que adquieren los objetos según su distribución en el espacio; sino de los propios elementos que introduce en La Capilla: la sangre, el disco dorado, y las flores; absolutamente ninguno de esos elementos se encuentra fuera de contexto si hablásemos de un santuario al uso. Si no fuese por el texto que acompaña a la instalación, un fragmento del mito de Jacinto, sería bastante difícil disociar esta escena planteada del mito clásico con una Pasión de Cristo.La muerte de las flores apolíneas se construye apartir de símbolos que han sido heredados, asimilados y adaptados a lo largo de la historia de la humanidad por distintas culturas. Una suerte de excavación que se abre a través de los estratos simbólicos de distintos elementos. Esto deja al descubierto la propia construcción de los mitos, clásicos y cristianos. El disco dorado y la aureola coronan y representan al dios cristiano, pero antes de este, resultaban ser el símbolo de Apolo, y anterior a Apolo pertenecería a otra divinidad y así a los que le precedieron. No hay significados eternos, tan sólo un retorno infinito de los símbolos, como diría el filósofo Mircea Eliade.

Texto: Daniel Soriano

Fotografías: Borja Morgado